jueves, 20 de noviembre de 2008

14. El período de anarquía (1821-1876)

14.1 Perspectiva global
La denominación que se utiliza fue tomada de los historiadores del Porfiriato, quienes establecieron una diferencia entre la situación de estabilidad relativa obtenida a partir de 1876, y la que existía en México antes del ascenso de Porfirio Díaz a la Presidencia de la República, obtenido ese año después de tres intentos anteriores infructuosos.

Si por anarquía se entiende ausencia de gobierno, en términos políticos ello resulta correcto. De 1821 a 1876 fuimos gobernados por 71 regímenes, que encabezaron al menos 35 Presidentes y 2 emperadores. Contrasta frente a lo que aconteció a partir de la toma del poder por el militar oaxaqueño y hasta concluir el trepidante siglo, en el cual hubo tres, el propio Porfirio Díaz, el eventual Juan Méndez, y su compadre, el manco Manuel González, quienes presidieron 9 regímenes diferentes. En términos de la Ciudad, de manera general, puede decirse que fue el escenario de una interminable serie de asonadas y golpes de estado, de pronunciamientos.

En las primeras décadas del México Independiente, la ciudad perdió importancia económica en el contexto nacional, y esta fue paralela a la inexistencia de una forma estatal eficaz, que sustituyera a la que se había desvanecido con la Independencia. La centralización de las decisiones, clave de la hegemonía de la Ciudad de México, se sumergiría en medio de tendencias centrífugas, autonomistas o abiertamente separatistas.

Un proceso fraticida en el que los mexicanos se dividieron en dos bandos, enfrentados bajo diferentes nombres, yorkinos y escoceses, centralistas y federalistas, liberales contra conservadores, coincidió y tendió a combinarse con el intervencionismo de potencias extranjeras. En dos ocasiones, llegó hasta la toma de la ciudad por tropas extranjeras y su permanencia como ejército de ocupación. En este otro sentido, la urbe también fue el foro de la escena final de invasiones extranjeras, que como aquella de 1519, llegaron por rutas similares hasta el corazón de la nación expuesto en lo alto del Altiplano Central.

Es difícil encontrar ejemplos de edificaciones espectaculares de este período, que hayan sobrevivido hasta ahora. El crecimiento de la superficie parece haberse estancado, la mancha urbana resultó ser, hasta 1856, muy similar a la de la capital del virreinato (de 10 a 12.5 km2). En términos demográficos, se registró un incremento, pues de acuerdo con estimaciones de Antonio García Cubas, ya para el año de 1860 la capital tenía aproximadamente 200 mil habitantes.

Es otro el aspecto relevante de esta etapa, de enorme trascendencia para el desarrollo de lo que vendría, al ser liberadas las fuerzas de la especulación y el capitalismo en la mitad de la extensión urbana. La importancia de este período radica en el cambio de la ciudad colonial, los inicios de su transformación, que pasa de ser una ciudad conventual, de templos y lujosos palacios, a convertirse en una urbe moderna y laica, lo cual fue precipitado por la expropiación de los bienes de las comunidades eclesiásticas a partir de 1856.
La secularización que se vivió en la capital, es el resultado de un proceso más general, que se fue abriendo paso entre las contiendas civiles e intervenciones extranjeras: la estructuración del Estado Mexicano. La constitución de una nueva forma estatal, que sustituyó la heredada de la fase colonial, se llevó todos los años del llamado período de anarquía. Pero a final de cuentas, surgió un conjunto institucional que mostró capacidad para defender el territorio, controlar su población y ejercer el monopolio del ejercicio legítimo de la violencia.

Y, lo más importante, el proyecto que resultó victorioso en 1867, al seguir asentada la sede de los poderes federales en la Ciudad de México, como lo marcaba el Artículo 46º de la Constitución del 57, contribuyó a su reafirmación como la cabeza del sistema urbano nacional.

14. 2 La capital constitucional
La Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos, promulgada el 5 de Octubre de 1824, estableció la facultad del Congreso para definir la sede de los poderes federales, la cual sería denominada Distrito Federal.

Tras algunos debates, los miembros del Constituyente, reunidos en el recinto de la antigua institución jesuita, el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, aprobaron expedir un decreto fechado el 18 de Noviembre del mismo año, y determinaron que el Distrito Federal sería la Ciudad de México.

La extensión que se le otorgó, equivalente a 380 km2, es una superficie difícil de delimitar, pues es la que se encuentra dentro de un círculo con un radio de 2 leguas. Sobre la retícula actual, los puntos más distantes llegarían hasta la Villa de Guadalupe en el norte, Viaducto Tlalpan en el sur, Texcoco en el este y Tacubaya-Tacuba-Azcapotzalco en el oeste.
14.3 Nombre popular a la plaza mayor
El 27 de junio de 1843, cuando ocupaba por séptima ocasión la Presidencia de la República, Santa Anna ordenó la demolición de El Parián y el despeje de la Plaza de la Constitución, con la intención de edificar una columna en honor de los héroes de la Independencia.

Cabe señalar que el señalado espacio comercial, ya no tenía la importancia que adquirió en la época colonial. La relación que los acaudalados comerciantes tuvieron con el alzamiento de Gabriel Yermo, los había hecho blanco de sospechas y rencores, que se sumaban a una cierta envidia por la bonancible situación de los propietarios de los cajones.

Estos sentimientos, como señala Don Luis González Obregón, pudieron haber estado atrás de los saqueos y desmanes, que sufrieron los negocios del Parián el 4 de diciembre de 1828, con pérdidas estimadas en dos y medio millones de pesos. Después de esa jornada, en la que se vieron también afectados los cajones del Portal de Mercaderos, muchos de los locales quedaron abandonados. Otra causa de la decadencia obedeció al exilio de un buen número de españoles y a la llegada de comerciantes extranjeros que abrieron establecimientos que compitieronn ventajosamente con los ubicados en El Parián.

Se dio una cierta especialización por nacionalidades. Los franceses se inclinaron por abrir tiendas de ropa y telas, los norteamericanos prefirieron las de muebles para el hogar, y los alemanes optaron por las ferreterías.

El despeje de la plaza se ejecutó a partir del 24 de julio de 1843, haya sido o no justificación el superar, como decía el mandato de Quince Uñas, “la falta absoluta que se nota de un monumento consagrado a la memoria de nuestra gloriosa independencia”. Para el 10 de septiembre, había desaparecido todo rastro del deforme edificio, del que no quedaban ni los escombros.

El obelisco se encomendó a Lorenzo de la Hidalga, ganador del concurso que se convocó con ese propósito. El constructor, para variar español, con cierta seguridad, sino era el más notable arquitecto de la época, al menos se trataba del que más trabajo tenía, por el apoyo y la confianza que recibía del Dictador.

Al día siguiente, se colocó la primera piedra. De la Hidalga y sus cuadrillas trabajaron a marchas forzadas y en breve lapso quedó terminada base, es decir, el zócalo de lo que iba a ser la columna. La carencia de fondos impidió continuar la obra, quedándose como un punto de referencia de la parte central de la plaza, que con el paso del tiempo se extendió a toda ella. El arranque del inconcluso monumento permaneció por más de tres décadas, y llegó a ser objeto de adaptaciones, hasta que en 1878 el magnate Antonio de Escandón donó a la ciudad un kiosco, que se colocó sobre el famoso zócalo, en medio del jardín trazado doce años antes.

14.4 Una nueva acepción del vocablo colonia
En 1840, un grupo de franceses pidió permiso para ocupar un predio en los llamados ejidos de la ciudad, ubicados entre los actuales Eje Central, Juárez, Izazaga y Bucareli. La población se empezó referir a este espacio como “la colonia de los franceses”, que adquirió así otro significado, utilizado para definir futuras demarcaciones que no se trataban, precisamente de posesiones de alguna potencia en ultramar.

Una década más tarde, se autorizó el fraccionamiento de diversos predios con fines residenciales. Posiblemente la más antigua sea la que se conoció entre 1850 y 1860 como la Colonia de los Arquitectos, el antecedente de la San Rafael. Figura en este grupo inicial la Colonia Santa María de la Ribera de 1859. En 1873, más cerca del centro, emergería la Guerrero.

14.5 Arbolado del Zócalo
Antes de la Guerra y la intervención del 47, fueron plantados fresnos en el atrio de la Catedral. Posteriormente, se extendieron a la Plaza, hasta llegar a cubrirla en su totalidad. La arboleda permaneció en ambos lugares, hasta la segunda década del Siglo 20, a mediados de la cual se decidió suprimirla. En 1866, Don Ignacio Trigueros trazó un hermoso jardín, muy concurrido como paseo nocturno, al que dotó de bancas y alumbrado de gas.

14.6 Los conflictos externos
14.6.1 La primera intervención francesa.- Durante este conflicto, llamado con sorna “la Guerra de los Pasteles, ocurrido en el año de 1838, Antonio López de Santa Anna encabezó la defensa de Veracruz, en la que la explosión de una granada mutiló una parte de una de sus extremidades inferiores.

En marzo del año siguiente, los restos recibieron sepultura con honores en el desaparecido cementerio de Santa Paula, allá por los actuales rumbos de Garibaldi. Tiempo después, en una baja de su popularidad, fueron exhumados y arrastrados por el populacho por las calles de la ciudad. Existe un curioso relato de Don Antonio García Cubas, en el que resuelve el misterio de lo que aconteció con esa porción de la pierna de Santa Anna, una vez que sus detractores dieron suelta a los sentimientos que su persona les despertaba.

14.6.2 La guerra del 47.- Por un incidente en la frontera, el Presidente James Polk solicitó al Congreso estadounidense autorizar la declaratoria del estado de Guerra en con tra de México, firmando el decreto respectivo el 13 de mayo de 1846. En los primeros meses, Zachary Taylor ocupó los territorios del norte, llegando en su avance hasta San Luis Potosí, en tanto Windfield Scott bloqueó los puertos del Golfo.

De acuerdo con algunos autores, para impedir que acumulara mayor popularidad, y según otros por decisión del propio Taylor, quien indicaba que sus líneas de abastecimiento eran ya muy prolongadas, el Presidente Polk ordenó a Scott que iniciara la invasión por Veracruz con miras a tomar la Ciudad de México.

Para atender la instrucción, en marzo de 1847, el militar estadounidense procedió al inmisericorde bombardeo del puerto, del que obtuvo su capitulación el 27 de ese mes. Venció la resistencia que Santa Anna le presentó en Cerro Gordo, y el 15 de mayo cayó Puebla sin ofrecer la menor resistencia, siendo recibido entusiastamente por la población.

Los preparativos para la defensa de la capital se hicieron bajo la suposición de que los ataques provendrían por la ruta de entrada de Hernán Cortés en 1519, el oriente, dirección en la que se apostaron las principales fortificaciones. Windfield Scott obtuvo información acerca de un paso por el sur de la capital, y evadió por completo el obstáculo, sin desgastar sus fuerzas, al atravesar la Sierra del Chichinautzin.

La primera batalla tuvo lugar en Padierna del 18 al 20 de agosto. Los que participaron en la sangrienta contienda, se quedaron a la espera del auxilio de Santa Anna, quien consumía el ocio en El Risco, lugar de esparcimiento ubicado en la Plaza de San Jacinto, en San Ángel. La derrota inflingida dio a los invasores el acceso a ese poblado, y abrió el camino a Mixcoac y Tacubaya.

Mientras, el día 20 de agosto, las tropas comandadas por David Twiggs se apoderaron del antiguo Convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Churubusco, convertido en improvisado fuerte. Más que el improbable diálogo acerca del parque, y la supuesta respuesta para ser enmarcada en metal, que recibió del general Pedro María de Anaya, si algo inquirió el oficial norteamericano era acerca de donde se encontraban los irlandeses que se habían pasado al bando mexicano. Ochenta de ellos fueron detenidos y sumariamente procesados, serían condenados a la pena de muerte por los delitos de traición y deserción ante el enemigo. Una placa en San Jacinto recuerda los nombres de los que fueron ejecutados ahí. De los ajusticiados en Tacubaya no quedó igual registro.

Las dos últimas batallas fueron las de Molino del Rey, el 8 de septiembre y la de Chapultepec cinco días después. La primera fue otra de las que se pudieron haber ganado, como pudo ser el resultado en las de la Angostura, Cerro Gordo y Padierna, de no haber surgido la indecisión y el egoísmo que privaba entre los “estrategas” del comando mexicano. En este caso, del general Juan Álvarez.

La segunda, dio ocasión para que se reescribiera la historia, adosándole un nuevo mito, el de los Niños Héroes, que, como el de los defensores de Churubusco, haría menos dolorosa la derrota final. No, esta no fue por falta de valor, es uno de los elementos centrales de las narraciones parahistóricas, pues incluso los infantes opusieron feroz resistencia y se luchó hasta el último cartucho en contra del invasor.

Además de irradiar con heroísmo y valentía páginas oscuras de la vida nacional, esos relatos, que hablaban de acontecimientos que habían tenido lugar en el corazón de la patria, darían cauce a un sentimiento de desconfianza y temor hacia los abusivos vecinos, y que a pesar de su fuerza negativa conforman nuestra nacionalidad.
Y esos hechos, habían ocurrido donde se encontraba, “de la famosa México el asiento”. Sólo un mexicano mal nacido no experimenta, al escucharlos en las aulas escolares, un profundo amor y admiración por esta ciudad.

Al amanecer del siguiente día, superada la resistencia heroica del Batallón de San Blas y los Aguiluchos del Colegio Militar, el general John Quitman encabezó el contingente que hizo su entrada triunfal a la Plaza Mayor. Poco después haría su arribo el comandante en jefe, el general Windfield Scott, quien posiblemente ordenó y presenció el izamiento del lábaro de las barras y las estrellas, en el asta bandera del Palacio Nacional. Otro relato mítico pondría en manos de un héroe desconocido el arma que, con certero disparo, pondría fin a la vida del imprudente soldado estadounidense que se atrevió a levantar ese símbolo opresivo en tan sacrosanto lugar.

Las negociaciones para poner fin al estado de guerra se llevaron a cabo en la Villa de Guadalupe Hidalgo, en tanto los poderes se mudaban provisionalmente a Querétaro. El 16 de septiembre había renunciado Santa Anna, y del 26 de dicho mes al 11 de noviembre, el gobierno sería encabezado por Manuel de la Peña y Peña, quien se alternaría con el respondón defensor derrotado en Churubusco, el General Pedro María de Anaya.

Algo ha de haber influido la presencia cercana de la morenita del Tepeyac, para que los negociadores mexicanos se avisparan e impidieran pérdidas que bien pudieron haber sido mayores. Desde entonces se dice que es más fácil derrotar a los mexicanos con las armas en el campo de batalla, que con palabras en la mesa de negociaciones. El Tratado de Guadalupe Hidalgo, expresión de los puntos de acuerdo y fundamento de la frontera del norte, sería firmado el 2 de febrero de 1848.

Las tropas norteamericanas estarían acantonadas en la Ciudad de México hasta el 12 de junio del mismo año. Los Estados Unidos habían movilizado a más de cien mil efectivos. El botín de guerra, un territorio de 2.2 millones de kms2, bien valió la pena los ciento veintidos millones de dólares invertidos y el sacrificio de una cuarta parte de sus tropas.

14.6.3 La Segunda Intervención Francesa.- Ocurrió entre 1862 y 1867, como es bien sabido, a consecuencia de la suspensión de pagos de la deuda externa decidida por el gobierno del Presidente Benito Juárez. La victoriosa defensa de Puebla, en la que las armas nacionales se cubrieron de gloria, retrasó tan solo un año la toma de la capital. El 10 de junio de 1863, los habitantes de la capital observaron de nueva cuenta la entrada de un ejército extranjero, que por segunda ocasión ocurría en menos de veinte años.

Maximiliano y Carlota llegaron al Anáhuac hasta el año siguiente. El 12 de junio de 1864, la pareja, entonces imperial, hizo su entrada en medio de arcos de triunfo y de los vítores de la población que se volcó jubilosa en las calles. Tres días de fiesta terminaron por resarcirlos de la mala impresión que les causó la fría recepción en Veracruz, a finales de mayo.

Algo que puede sonar a justicia inmanente, enfrentó a un descendiente de la dinastía, los Habsburgo, o Austrias, que conquistó el territorio de la Nueva España, con el representante de una de las etnias sometidas a consecuencia de ese hecho. Su forzada y violenta interrelación dejaría una cicatriz en el legado dejó el Archiduque a su nueva urbe.

El Segundo Emperador no saldría por su propio pie del territorio de la nación nuevamente postrada. Permaneció en el país hasta su fusilamiento el 16 de junio de 1867, y gran parte de esa estancia transcurrió en la Ciudad de México, elevada ahora al rango de capital imperial, lo que supera el de sede colonial de la representación de un imperio.

Dentro de su herencia al acervo patrimonial de nuestra ciudad, es de destacar la remodelación del Castillo de Chapultepec y el trazo del Paseo de la Reforma, trabajos que fueron encomendados al arquitecto austriaco Allois Bolland Kermanach.

La sede del Colegio Militar había sido rehabilitada tras la visita de Miramón en 1859, al constatar el ruinoso estado en el cual se encontraba las instalaciones de la institución donde se había formado. De entonces data el segundo piso de la parte que mira al levante.

Cuando Maximiliano de Habsburgo tuvo oportunidad de conocer el lugar y contemplar el Valle de México, se asegura que, por unos instantes a su mente volvió la memoria de su amado Castillo de Miramar, en la costa de Trieste, sobre el Mar Adriático. El panorama era muy diferente, pero quizás en ese momento, además de afirmar que ninguna testa coronada de Europa poseía “un lugar tan encantador”34, decidió convertir esa construcción, soñada por los Gálvez como recreo de los Virreyes, en su nuevo Castillo, ahora de Miravalle. Su ventaja frente a ellos: no tenía que pedirle permiso a nadie.

El ahora recinto del Museo Nacional de Historia, adquirió aires de suntuosidad con las modificaciones que propuso el Archiduque, para hacer de su nueva residencia un lugar cómodo y a la altura de su alcurnia. El despacho de los asuntos del gobierno se efectuaría en el Palacio Nacional, pero comería y sobre todo pasaría las noches en la casona de la cima del Cerro del Chapulín.

Se hizo un remozamiento de todas las habitaciones y se les ajuareó con mobiliario traído de Europa. La gran sala del piso principal se transformó en el comedor, y a cada lado se ubicaron las cámaras del emperador y su consorte. La redecoración alcanzó hasta los jardines, en los que proliferaron bellas plantas, jarrones de mármol y estatuas. Al infortunado descendiente de la Casa de los Austrias se le debe la rampa de acceso a la cumbre, pues anteriormente la subida estaba por el lado sur. El camino que tenemos que remontar para llegar al Museo Nacional de Historia, se abrió en la roca viva, en forma de espiral.

El obligado ir y venir al centro de la ciudad, para atender sus obligaciones públicas, le hizo pensar en una alternativa a las rutas tradicionales. Algunos dicen que fue en uno de esos viajes, otros que la inspiración le llegó en lo alto de Miravalle. El trazo de la nueva arteria, iba de la entrada del Bosque a la Estatua del Caballito. No solo reducía la distancia entre el Castillo y el Palacio, pasaba en medio de un paisaje más agradable, en medio de una zona arbolada.

Las obras iniciaron a finales de 1864. Al principio fue un camino liso y llano, que corría a lo largo de tres y medio kilómetros, al que se llamó Paseo del Emperador. Al triunfo de la República, temporalmente rindió homenaje al Santo de la Reforma, pues por breve tiempo se le llamó Calzada de Degollado. En 1872, ya se le conocía como Paseo o Calzada de la Reforma. Fue el Presidente Sebastián Lerdo de Tejada (1872-1876) quien le dio la fisonomía actual, al ampliar las laterales, sembrar árboles, adicionarle glorietas e instalar bancas.

Este viene a ser una buena muestra de cómo una decisión, tomada de manera unilateral y sopesando en exclusiva aspectos personales y subjetivos, al materializarse trae una serie de consecuencias en los años posteriores, proyectadas desde entonces al modelo actual.
El Paseo de la Reforma, que sería adicionado con dos extensiones en el Siglo 20, se conserva como un eje de prestigio, y así tenía que ser, en función de quien lo soñó y lo concretó, ni más ni menos que un emperador. También, se deriva de los puntos extremos que se propuso comunicar, expresiones de poder tradicional, donde reside y donde despacha el gobernante.

Es de llamar la atención que su trazo, en diagonal, vino a romper la retícula urbana, en la que predominaba el antiguo damero, de calles que corrieran en forma paralela y se cortaran en perpendicular.

Al extenderse la ciudad en esa dirección, a finales del Siglo 19, las colonias que surgieron en sus inmediaciones, en su diseño, tomaron como referencia a esa intrusa y el efecto se multiplicó al continuar la expansión urbana. El resultado es de calles que, por lo general, no tienen continuidad y que se limitan a la comunicación al interior de las demarcaciones.

14.7 Secularizacion de los bienes eclesiásticos
El 25 de junio de 1856, se expidió la Ley Lerdo, marco legal que permitió la desamortización de las propiedades de comunidades civiles y religiosas. Al aplicarse en la ciudad, donde la Iglesia detentaba la mitad de la propiedad de las fincas, sin considerar los templos y conventos, precipitó una profunda transformación.

Desaparecieron los núcleos formados por los monasterios e iglesias, que semejaban grilletes para la toma de decisiones en el desarrollo urbano. Su disolución propició la aparición de nuevas vías, o la prolongación de otras. El cambio de uso del suelo estimuló lo que ahora llamaríamos la industria de la construcción, al facilitarse nuevas edificaciones en los predios que fueron nacionalizados y puestos a subasta, en muchas ocasiones a precios irrisorios.
El paso de una extensa superficie urbana de las manos muertas de las corporaciones religiosas, a las vivas de los que no temieron las amenazas de excomunión o condenación eterna por adquirir bienes sacros, generó cuantiosas fortunas. Contribuyó a la consolidación de un nuevo grupo de empresarios, más dados a la especulación y los negocios fáciles, o al menos de poco riesgo, que atender llamadas a misa.

El impacto general fue el más importante, al extinguirse los rasgos de la ciudad virreinal, regulada por las campanadas de Catedral, y que había persistido en las tres décadas posteriores a la ruptura de los lazos coloniales.

La primera acción tomada con base en las novedosas disposiciones ocurrió en septiembre de 1856, al decretar el Presidente Ignacio Comonfort la nacionalización de los bienes de la orden de San Francisco. Se había descubierto una conspiración, que se fraguaba en el convento de mayores dimensiones en la ciudad, por lo que se procedió a incautarlo y a romper su fisonomía con la apertura de dos nuevas calles, casi de inmediato la de Independencia (ahora 16 de Septiembre) y después la de Gante.

Al triunfo de la Guerra de Tres Años, y de vuelta en la ciudad, los liberales reactivaron el proceso de secularización, trazándose nuevas calles. En 1861, la calle de Ocampo partió el convento de San Bernardo, la de Lerdo hizo lo mismo con el de Capuchinas, 5 de mayo sobre la Profesa, y el de las monjas concepcionistas resintió la aparición de las calles del 57 y Progreso.

14.8 Los trenes
Al despuntar la segunda mitad del Siglo 19, en el paisaje citadino aparecen los tranvías, llamados originalmente trenes, debido probablemente porque comunicaron la ciudad con las poblaciones cercanas. Su fuerza motriz era animal, se les llamaba de de mulitas, y coexistieron bastante tiempo con los impulsados a vapor.

Las dos primeras líneas entraron en operación en 1856, ambas partían del centro, y sus destinos eran La Villa y Tacubaya. En 1861, el tren llegó a Churubusco y Coyoacán. Seis años después a San Angel, y de ahí a Tlalpan. Para 1877 estaba en Tacuba, y en 1879 se integraron a la red Azcapotzalco y Tlalnepantla.

Sería el principal medio de transporte durante cerca de un siglo, así como uno de los factores que determinarían la expansión de la ciudad, que pareciera ir siguiendo el curso de los rieles.